Fue en 2012 que me enteré de las clínicas privadas en Ecuador que dicen curar la homosexualidad. Mi primer pensamiento fue que podía ser yo atrapada ahí, y instruida de que como una mujer gay, yo necesitaba cambiar. Dos años más tarde, sali del closet al frente de mi familia y fui aceptado por ellos. En mi país, muchas mujeres y hombres jóvenes no tienen la misma suerte.

Descubrí que alrededor de 200 centros clandestinos todavía operan en las brechas entre las leyes progresistas y las creencias conservadoras. En Ecuador el 80% de la población es católica y la iglesia en general tiene valores muy conservadores, por lo que la homosexualidad es algo que aun no es bien visto. Hasta 1997, las relaciones entre personas del mismo sexo y la actividad romántica eran ilegales y punibles con entre cuatro y ocho años de prisión en Ecuador.

 

 En 2011 aparecieron varios casos de centros que ofrecían "curar" la homosexualidad, con decenas de casos que salían a la luz: "En ese momento se estimaba que doscientas de estas instalaciones estaban en funcionamiento. Muchos padres y familias todavía creen que la homosexualidad es una adicción; Un desorden sexual que creen que puede ser "curado" mediante un régimen de disciplina dura.

 

Los primeros centros privados de rehabilitación surgieron en el país a partir de la década de 1970, varias décadas antes de que existieran organismos reguladores para supervisarlos. El método de tratamiento en estas clínicas es una mentalidad "hasta que cambies". Durante muchos años, la brutalidad de estas prácticas ha quedado impune. Algunos de las prácticas más extremas incluyen: el uso de esposas, tranquilizantes, palizas, retención de alimentos y otras formas de tratamiento humillante. La mayoría de los pacientes son secuestrados y drogados contra su voluntad en mayoría de los casos por su propia familia.

 

Desafortunadamente, la mayoría de estos centros permanecen abiertos porque están disfrazados como centros de tratamiento para alcohólicos y drogadictos. En estos centros si existen internos que tienen problemas de adicción de drogas y alcohol pero también hay un alarmante y creciente número de hombres gays, mujeres y transexuales que son admitidos en estos centros todos los días. Otra de las razones por las que estos centros permanecen abiertos es la falta de vigilancia del gobierno ecuatoriano, que no es estricto en el cumplimiento de los reglamentos, así como el hecho de que en Ecuador existe un sistema corrupto de soborno. La verdad es que estas clínicas son dirigidas principalmente por ex-adictos y en algunos casos los médicos prestan sus nombres para dar la credibilidad de las clínicas. Una de las razones detrás del crecimiento alarmante de estos centros es la ganancia monetaria, con el costo promedio de tratamiento de $ 500 - $ 800 por mes para cada paciente.

 

En 2011, este noticia fue reportada en varios periódicos internacionales después de que una petición de Change.org obligó al gobierno ecuatoriano a tomar medidas, junto con la ayuda de otros grupos de activistas que lograron y cerraron alrededor de 30 clínicas. Años después, la cuestión se ha enfriado por completo, no porque estas clínicas hayan dejado de existir, sino por el corto espacio de memoria de la sociedad ecuatoriana y las políticas corruptas que mantienen abiertas estas clínicas.

 

Para mí, la oportunidad de actuar llegó a finales de 2015. Pasé seis meses entrevistando a una mujer que había sido enviada a una de estas "clínicas" religiosas por sus padres y encerrada durante varios meses. Con el tiempo, reuní más testimonios. Las entrevistadas me hablaron de «diagnósticos» y «tratamientos» llevados acabo en nombre de la bibila.

 

La clandestinidad de estos centros y la prohibición de las cámaras hizo imposible abordar este problema utilizando las prácticas tradicionales de documentación. En su lugar, me propuse reconstruir una serie de imágenes, usándome a mi mismo como personaje principal y cuidadosamente localizando locaciones, actores y accesorios. Incorporé mis propias emociones y experiencias con métodos teatrales para explorar el abuso de las mujeres en estas instituciones.
 

Estas imágenes reconstruidas nos permiten ver lo que nunca tuvo la intención de ser visto. La perversión de píldoras y libros de oración; El régimen de feminidad forzada en maquillaje, faldas cortas y tacones altos; Tortura con soga y guantes; La violación «correctiva».

 

En mi intento de llevar al espectador dentro de estos edificios secretos, las escenas actúan como un espejo para el dolor interior de la joven. Se le dice que está enferma, que es una pecadora, una desviada que necesita curación. El sufrimiento hace lugar a la melancolía, la cámara se enfrenta a su desesperación. No hay nada que curar.

 

Los derechos humanos de estos jóvenes son descuidados por el gobierno ecuatoriano, estos centros están camuflados, escondidos en áreas remotas y pequeñas ciudades en Ecuador. En algunos casos estas horrendas torturas se producen dentro de las iglesias, que son difíciles de localizar por el gobierno. Y en los peores casos el gobierno es cómplice en estas acciones.

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